Garbo: el espía español que engañó a Hitler

Los nazis creyeron que trabajaba para ellos, pero en realidad Juan García Pujol estuvo al servicio del Gobierno británico. Fabulador nato, aventurero y bastante quijote, consiguió que en la Segunda Guerra Mundial los alemanes miraran a otro lado mientras los aliados desembarcaban en Normandía, el 6 de junio de 1944.


Estas semanas se estrenó la película Garbo, el Espía, que homenajea nuestro más ilustre espía. Aquí van unas líineas que intentan aportar luz a esta figura histórica.
En las primeras horas del día 6 de junio de 1944, Garbo inició su particular desembarco de confusión e información falsa. Envió un mensaje de radio comunicando la inmediatez de la invasión, con tiempo suficiente para calcular que el mensaje, después de pasar por Madrid, llegaría demasiado tarde al alto mando alemán.
El operador de radio alemán de la capital española no estaba a la escucha, por lo que Pujol transmitió un segundo mensaje que llegó cuando estaban desembarcando las primeras tropas aliadas. Garbo mantuvo durante días la tesis de que la operación que se estaba desarrollando en Normandía era de escasa envergadura. El día 8, cuando la invasión era evidente, Pujol hizo creer de nuevo en el ataque a Calais, por lo que los alemanes mantuvieron allí sus tropas.
Convenció a los alemanes de que las fuerzas aliadas disponían de 77 divisiones y 19 brigadas en la costa sur de Inglaterra, es decir, un 50 por ciento más que en realidad. Para dar credibilidad a la idea de un desembarco en el norte de Francia, los británicos hicieron flotar frente a las costas de Dover barcos de aglomerado, construyeron puertos de cartón-piedra y tanques de caucho. El tiempo ganado por Pujol se reveló fundamental.

Pero aquí no acabó todo. Los nazis nunca sospecharon de sus servicios e incluso le pidieron que restringiera su actividad para protegerse. El 29 de julio de 1944 Madrid le comunicó que Hitler le había concedido la Cruz de Hierro de manera excepcional (sólo los combatientes tenían derecho a ella). En el otro bando, lo nombraron, en diciembre de 1944, Caballero de la Orden del imperio británico. Tras la guerra, sus colaboradores británicos le ofrecieron trabajo en una compañía de seguros, pero él prefirió emprender rumbo a Suramérica.

Recompensado con 15.000 libras, viajó a Venezuela e inició allí una nueva vida con identidad falsa. Aunque su labor había sido clave para la derrota del nazismo, no cumplió otro de sus objetivos que lo había llevado a convertirse en espía: desalojar a Franco del poder. Con 76 años, tres años antes de morir en 1988 en Caracas, escribió en sus memorias: «Yo anhelaba justicia. De la maraña de fantasías e ideas confusas que llenaban mi mente, empezó a tomar forma lentamente un plan: hacer algo, algo práctico, mi aportación al bien de la humanidad».

Tres entrevistas le costó convencerlo, pero al final accedió a la posibilidad de que Pujol pudiera servirlos desde el Reino Unido. Recibió un curso acelerado de escritura secreta, para redactar los mensajes en tinta simpática.

Le entregaron dinero y un listado de pisos francos y le informaron de los contactos periodísticos y diplomáticos que tenían en Londres. A partir de entonces sólo lo llamarían por su nombre de guerra: Rufus.

Pero Rufus no se dirigió a Londres. Viajó a Lisboa, para presentarse a la Embajada británica en Portugal. Sin embargo, fue rechazado una vez más. Dio comienzo entonces a una serie de cartas e informes falsos que enviaba a Madrid, simulando hacerlo desde Inglaterra. El 19 de julio de 1941 mandó una misiva desde la capital portuguesa en la que informaba de que había llegado sin novedad a Inglaterra.

Con el fin de evitar suspicacias, explicó que había contratado a un piloto de KLM para transportar sus cartas desde Londres hasta Lisboa, donde las enviaría por correo. Pujol comenzó entonces a elaborar una serie de mentiras y falsedades, mezcladas con información ‘de primera mano’ obtenida de una publicación portuguesa sobre la flota británica, periódicos técnicos, un diccionario militar y un mapa turístico sobre Gran Bretaña.

Con ellos y con su imaginación, convenció a los alemanes de que operaba desde Londres. En otoño regresó a Madrid para presentarse de nuevo ante las autoridades británicas. Una vez más fue rechazado y Pujol, decepcionado, se mostró dispuesto a abandonarlo todo y viajar a Brasil. Pero su esposa, Araceli González, consiguió una entrevista con el agregado naval de la Embajada de Estados Unidos Edward Roussea, que se reunió con Pujol el 15 de enero de 1942. El americano decidió avalar al español ante los ingleses. Dos años le había costado convencerlos, pero al final lo logró. El 24 de abril de 1942 llegaba a Inglaterra, a la Royal Victoria School, un centro de instrucción para recién llegados, y, posteriormente, a un piso franco. Un agente del MI5 –el servicio de seguridad interna del Reino Unido– pasó a encargarse de su caso: se llamaba Thomas Harris.

Pese a que Juan García Pujol recibió el nombre clave de Bovril, sus compañeros lo cambiaron por el de Garbo, en reconocimiento a sus cualidades de actor: su red de espionaje ficticia dio vida a 27 personajes sin que los alemanes sospecharan nada. Como funcionario del MI5, Harris comenzó a marcar los ritmos y los alemanes no sólo perseveraron en la trampa, sino que se abrieron por completo a Pujol.

Sus informes contaminaron poco a poco toda la red de la Abwehr (el servicio secreto alemán) y se convirtieron en la columna central del espionaje nazi. Cada uno de los comunicados de Rufus era transmitido de inmediato a Berlín.

Algunos de sus informes llegaron incluso a las manos de Hitler. El desembarco de Normandía fue, sin embargo, su principal logro. Pujol se convirtió en la clave del plan Guardaespaldas de la operación Overlord. Su tarea consistiría en hacer creer a los alemanes que los aliados preparaban dos invasiones, una en Noruega y otra en Francia, y que la invasión sur se realizaría a través del paso de Calais. El plan funcionó.

En las primeras horas del día 6 de junio de 1944, Garbo inició su particular desembarco de confusión e información falsa. Envió un mensaje de radio comunicando la inmediatez de la invasión, con tiempo suficiente para calcular que el mensaje, después de pasar por Madrid, llegaría demasiado tarde al alto mando alemán.

El operador de radio alemán de la capital española no estaba a la escucha, por lo que Pujol transmitió un segundo mensaje que llegó cuando estaban desembarcando las primeras tropas aliadas. Garbo mantuvo durante días la tesis de que la operación que se estaba desarrollando en Normandía era de escasa envergadura. El día 8, cuando la invasión era evidente, Pujol hizo creer de nuevo en el ataque a Calais, por lo que los alemanes mantuvieron allí sus tropas. Convenció a los alemanes de que las fuerzas aliadas disponían de 77 divisiones y 19 brigadas en la costa sur de Inglaterra, es decir, un 50 por ciento más que en realidad. Para dar credibilidad a la idea de un desembarco en el norte de Francia, los británicos hicieron flotar frente a las costas de Dover barcos de aglomerado, construyeron puertos de cartón-piedra y tanques de caucho. El tiempo ganado por Pujol se reveló fundamental.

Pero aquí no acabó todo. Los nazis nunca sospecharon de sus servicios e incluso le pidieron que restringiera su actividad para protegerse.

El 29 de julio de 1944 Madrid le comunicó que Hitler le había concedido la Cruz de Hierro de manera excepcional (sólo los combatientes tenían derecho a ella). En el otro bando, lo nombraron, en diciembre de 1944, Caballero de la Orden del imperio británico. Tras la guerra, sus colaboradores británicos le ofrecieron trabajo en una compañía de seguros, pero él prefirió emprender rumbo a Suramérica. Recompensado con 15.000 libras, viajó a Venezuela e inició allí una nueva vida con identidad falsa.

Aunque su labor había sido clave para la derrota del nazismo, no cumplió otro de sus objetivos que lo había llevado a convertirse en espía: desalojar a Franco del poder. Con 76 años, tres años antes de morir en 1988 en Caracas, escribió en sus memorias: «Yo anhelaba justicia. De la maraña de fantasías e ideas confusas que llenaban mi mente, empezó a tomar forma lentamente un plan: hacer algo, algo práctico, mi aportación al bien de la humanidad».

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Acerca de ingenierosocial

“El planeador parece ser muy sabio en su propia arrogancia; a menudo está tan enamorado con la supuesta belleza de su propio plan ideal de gobierno, que no puede soportar la más mínima desviación en ninguno de sus detalles. El lo diseña completamente en todos sus detalles, sin ninguna consideración hacia los intereses o prejuicios que puedan estar en contra del mismo. Parece imaginar que puede manejar a los miembros de la sociedad con la misma facilidad con que uno coloca las diferentes piezas en un tablero de ajedrez.” Carlos es un librepensador de 24 años que no practica la soberbia.
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