Grandes Personajes

Hay un puñado de personajes literarios de la ficción que han marcado nuestra vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que hemos conocido.  Sonará a tópico, pero cuando un ser humano se marcha o desaparece de nuestra vida, su recuerdo se puede tornar delicuescencia en la memoria, sombra vaga y fantasmal.

EWAN

Un joven Ewan McGregor interpreta en su primer papel importante a Julien Sorel, en las miniseries que se realizaron sobre la fundamental obra de Stendhal 'Rojo y Negro' en 1993

Por el contrario, el personaje literario verdaderamente memorable nos aguarda siempre fielmente dentro de su mundo, nos ofrece su materia vital y puede ser resucitado una y otra vez, leído, releído, analizado a través del tiempo: basta con abrir las páginas del libro y la búsqueda comienza de nuevo.

La búsqueda y el posible hechizo. De esta manera algunos personajes literarios pueden acompañar a un hombre a lo largo de la vida, resistiendo lecturas y lecturas; otros —como ocurre con los seres humanos— desaparecen o se difuminan en las tinieblas.
¿Quiénes son estos personajes, de dónde nacieron, cómo se mueven? Evidentemente, las relaciones con los personajes de ficción, en general, dependen en gran medida de la edad y de las circunstancias de nuestro primer encuentro con ellos.

Recuerdo una adolescencia ligada a David Copperfield, a la soledad activa de Robinson Crusoe, a las desdichas del inolvidable Julián Sorel, de Stendhal. Después apareció Hans Castorp, “un modesto joven que se dirigía en pleno verano, desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz”. Se trata del protagonista de La montaña mágica, de Thomas Mann, que nos ofrecía una lúcida reflexión sobre dos temas fundamentales para un hombre joven: el tiempo y la muerte.

Es cierto, cada día tiene su afán, cada edad un personaje modelo capaz de interpretar nuestros conflictos. El conocimiento con Maurice Bendrix, el escritor de Graham Greene en El fin de la aventura, podría ilustrar el inevitable encuentro con Dios, al igual que El Extranjero es el choque con la existencia absurda o la Maga, de Julio Cortázar, es la representación mágica e inalcanzable del amor o Alejandra, de Ernesto Sábato, es la fatalidad.

De esta manera amanecimos cierta mañana convertido en un gigantesco insecto por culpa de Kafka o nos sentimos el “hombre sin atributos”, de Musil o ese pobre ser perdido en una ciudad amada y odiada a la vez, como el inconmensurable antihéroe del Ulises, el señor Bloom.

O nos llenamos del olor sureño con la saga de los Sartoris o palpamos anticipadamente el final de Hemingway a través de Nick Adams o el ambiguo y bellísimo misterio del agua en el Orlando de Virginia Woolf. Cada uno de estos personajes —y muchos más— fueron depositando pequeñas o grandes iluminaciones dentro de nosotros hasta que llegamos a una conclusión, la vida sería muy penosa sin la presencia de estos grandes fantasmas reales.

El análisis comparativo de los grandes personajes del XIX (“oh, el siglo XIX”, exclamó Stendhal), el llamado “héroe problemático” y los personajes de ficción del siglo XX, podría ser para un estudioso de la narrativa una sugestiva y ambiciosa tarea. Sería tanto como ofrecerle al lector dos grandes, imponentes radiografías del hombre.

Yo llamaría a la prodigiosa sala de rayos X, en primer lugar, a Julián Sorel, el inabarcable protagonista de Rojo y Negro. Podríamos así descuartizar minuciosamente la vida moral y social de Europa. Sorel es la Francia palpitante de la Restauración.

Veríamos inmediatamente que la gran habilidad de Stendhal (muy parecida a la de Balzac, pero diferente a la de Flaubert) es la de saber arrojar a su personaje dentro de las mismas condiciones y situaciones en que se encontraban los hombres de aquella época. Julián Sorel lucha fundamentalmente con su “condición social” mientras que, por ejemplo, Samuel Beckett  encierra a sus personajes (Watt, el Innombrable) dentro de un “sujeto” que se sustrae a las palabras y donde todo sistema de representación significa la sospecha de un engaño.

Julián Sorel es todo lo contrario al silencio que envuelve a los personajes de Beckett, Sorel es la autoafirmación ambiciosa. Los personajes de Beckett viven scondidos, pero Julián Sorel lucha contra el mundo profiriendo grandes voces dramáticas. Sentado en el tejado del aserradero de su padre (nuestro héroe es hijo de un carpintero), Julián lee apasionadamente el Memorial de Sarita Helena, de Napoleón.

Es la educación de su “alma de fuego”. Pero Stendhal era demasiado fino de inteligencia para crear un simple “personaje idáctico” como hicieron los fervorosos novelistas españoles del “realismo social”. Julián Sorel tiene una doble vida. Stendhal es el maestro indiscutible en la creación de personajes “dobles”. Julián posee una vida en su interior y en la independencia de su pensamiento y una tumultuosa vida exterior que le permite su magistral adopción de máscaras.

Espléndido estudio sobre el cinismo decimonónico. Así, cambiando de máscaras y quemándose por dentro en el fuego de su propio orgullo, llega a ser preceptor doméstico en la casa de Renal, alcalde de Verriéres. Ya tenemos frente a frente al héroe y su voluntad de poder penetrando en la alta burguesía provinciana, un mundo limitado, envidioso y codicioso con sus grandes propiedades acrecentadas con especulaciones inmorales. Stendhal analiza y aniquila a la sociedad de su tiempo y al mismo tiempo parece darle sobradamente la razón a Lukacs: la novela es la historia de una búsqueda degradada y demoníaca caracterizada por el enfrentamiento del héroe con el mundo.

Pero en este mundo degradado existen también mujeres. Aquí es donde Stendhal se convierte en un genio estimo que irrepetible. Stendhal y las mujeres o Stendhal como supremo psicólogo del resentimiento hacia la mujer. Con permiso de Consuelo Berges, primera enamorada siempre fiel a Stendhal, se podría escribir un monumental tratado sobre el autor de Del Amor y sus relaciones con las mujeres.

Frente a la hermosa Madame de Renal, Julián pone en funcionamiento las típicas complicaciones amorosas del propio Stendhal. Julián odia a Madame Renal por su propia belleza, pero se convierte en un estratega sutilísimo por su obligación de conquista. Y sin embargo Julián morirá a causa de su amor por Mathilde de la Mole, sin duda el número uno entre los grandes personajes femeninos de Stendhal, junto con la duquesa de San Severina en La Cartuja de Parma y Vanina Vanini de las Crónicas Italianas. Cuando Mathilde de la Mole, en un arranque de supremo heroísmo patético, coloca la cabeza de Julián Sorel sobre una mesita de mármol y besa la frente del desdichado amante, tenemos la impresión de que Stendhal acaba de decapitar a todo un mundo brillante, terrible y mezquino majestuosamente representado por el hijo de un carpintero oscuro que leía a Napoleón en el tejado.

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Acerca de ingenierosocial

“El planeador parece ser muy sabio en su propia arrogancia; a menudo está tan enamorado con la supuesta belleza de su propio plan ideal de gobierno, que no puede soportar la más mínima desviación en ninguno de sus detalles. El lo diseña completamente en todos sus detalles, sin ninguna consideración hacia los intereses o prejuicios que puedan estar en contra del mismo. Parece imaginar que puede manejar a los miembros de la sociedad con la misma facilidad con que uno coloca las diferentes piezas en un tablero de ajedrez.” Carlos es un librepensador de 24 años que no practica la soberbia.
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